Los brochazos negros de Sorolla

Escrito por Sergio Alonso

Ilustrado por Alicia Aradilla

El artista que un siglo después sería reconocido como ‘El pintor de la luz’ untó su brocha en un negro de huesos. Acostumbrado a una paleta de tonos claros, este motín cromático (en plena crisis de los treinta) debió de suponerle todo un reto. Se adentraba por primera vez en un mundo oscuro, que tanto alarmaba a los ultramoralistas de la época. Pero le sobraba talento para teñir su arte de denuncia social. Con trazo firme.

“¿Por qué ha manchado su hermoso y brillante pincel con el hollín de los lumpanares?”, se preguntaban entonces, con tono acusador, los críticos de arte conservadores. ‘La trata de blancas’ abordaba un tema controvertido que, más de cien años después y pese a los esfuerzos de mucha gente, permanece en la penumbra, expuesto en una sala secundaria y eclipsado por las luces de neón. Como esta obra de Sorolla.  

El número 318 de la revista ‘Blanco y Negro’ (5 de junio de 1897) incluía una extensa crónica de la Exposición de Bellas Artes que se acababa de celebrar. En plena Restauración Borbónica, el séquito de Alfonso XII denunciaba que las puertas del arte se abrían “a las más brutales crudezas y a la más salvaje y primitiva naturalidad”. Dentro de la publicación, una viñeta mostraba tres libros con los títulos de las obras más atrevidas de dicha muestra (entre las que se encontraba ‘Trata de blancas’), simulando ser novelas eróticas, bajo el epígrafe ‘Sólo para hombres’.

Sin embargo, éste era un tema que iba más allá de la consentida prostitución existente en la sociedad española. En el Madrid de mediados del siglo XVIII ya había censados más de 700 burdeles, pero Sorolla hizo foco en el comercio ilegal de seres humanos y en la explotación sexual. La obra, en la que se ve a un grupo de muchachas tapadas de pies a cabeza que dormitan en un vagón de tren bajo la vigilancia de una anciana, simboliza la imposibilidad de huir de su destino. Manchas de pintura con las que el artista consigue ir mucho más allá de unas estilizadas y provocativas líneas curvas.

Hoy, en un mundo posterior a la esclavitud, el cuadro se hubiese tenido que llamar ‘Trata de personas‘, aunque haya quien se aferre a la idea de que un suceso es más grave en función de la raza del afectado. Se estima que en España hay cerca de 50.000 personas que son víctimas de esta lacra, de las cuales el 80 por ciento son mujeres inmigrantes, de 18 a 25 años y que se encuentran en situación irregular. Con heridas sin cicatrizar y viendo cómo desde la nobleza moderna les cierran las puertas de los hospitales, muchas de ellas quedan condenadas a la urgencia.

Con estos datos, no es de extrañar que una infeliz coincidencia situase a la uruguaya Valeria en una de las sucias habitaciones del viejo ‘Hotel Sorolla’, reconvertido en club de alterne, en el pueblo de Fraga (Huesca). Esta joven pasó de vivir en una de las zonas más pobres del barrio de Villa Dolores, al sudeste de la bulliciosa ciudad de Montevideo, a malvivir en un tranquilo municipio de 14.000 habitantes en el noreste de España, donde trata de comprar su libertad alquilando el cuerpo a 50 euros la hora. 

Los cómplices necesarios de este oscuro negocio van desfilando por la pensión, muchos de ellos ajenos al drama que se vive entre sus resquebrajadas paredes. Mientras, el trabajo prosigue al ritmo del rechinar de los muelles del colchón y los billetes rebosan en el bolsillo de Miguel O.C., dueño de este burdel con nombre de artista. Estamos ante un sector que no entiende de crisis, donde más dinero negro se mueve dentro de la economía sumergida de España. Un paraíso para quienes comercian con personas como si fuesen mercancía.

Durante el tiempo que pasó atrapada por esta red, Valeria tuvo que sufrir engaños, amenazas, intimidaciones y violencia. Demasiada violencia. Así lo relataba el juez de la Audiencia Provincial de Huesca el 21 de julio de 2009 antes de sentenciar a Miguel y a otros seis miembros de su organización a más de 50 años de prisión. Parecía un justo final para despertarse de la pesadilla, pero después de esta pincelada de esperanza la situación de Valeria no mejoró: represalias, miedo y abandono. Dura condena para una joven que sólo buscaba en España un futuro mejor. 

Por desgracia, los mismos que denuncian, al poco tiempo, miran a otro lado. Unos por falta de convicción y otros cansados de chocar contra los mismos muros. Así, tras ‘Trata de blancas’, Sorolla limpió el hollín de su pincel, recuperó su paleta de colores vivos y acabó pintando ‘Un paseo a orillas del mar’ y ‘Los niños en la playa’. Su merecida fama le hizo subir su caché y le acercó a la Corte que años antes le fue tan hostil. Allí llegó a retratar a un imberbe Alfonso XIII. Desvirgó al monarca en el mundo del arte. Un completo a cambio de 1.000 pesetas.