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La venganza es un plato que se sirve con Gin Tonic
ACTO 1
Era el año 2000 y yo llevaba cinco meses sin trabajo.
Me estaba volviendo loco hasta que una noche entré en un bar y me presentaron a un locutor de radio llamado Fede. Media hora más tarde, después de enterarme de que se había quedado sin guionista en el programa, nos apretamos la mano y le prometí que al día siguiente le enviaría unas pruebas. La verdad es que yo nunca había escrito para la radio. Es más, ni siquiera escuchaba la radio. Solo tuve la suerte de que ese locutor y su compañero estuvieran mucho más desesperados que yo.
A los dos días comencé como productor y guionista de un programa de radio emitido por una cadena joven, dinámica y a la moda. El programa era de lunes a viernes, “lleno de humor y sorpresas” y yo tenía que estar en la radio a las cinco y media de la mañana. Comenzaba a las seis y ya no paraba hasta las nueve. Luego me iba a casa, leía los periódicos y me ponía a escribir todo, absolutamente todo lo que al día siguiente saldría de la boca de mis dos locutores durante tres horas.
Uno de ellos era Vinicio, un viejo locutor reciclado de los 80’s, con la voz engolada, las canas pintadas, olor a crema de afeitar y un sentido del humor carente de ritmo y de léxico. Estaba convencido de que todavía “conectaba con la juventud” y realmente parecía orgulloso de un pasado lleno de gloria del que nadie había oído hablar. Era inseguro y desconfiado, como cualquier cerdo que ha logrado conjurar a San Martín, y no paraba de hablar de sexo mientras se sobaba la panza flácida y deforme.
El otro locutor era Fede, joven, despeinado, ‘super cool’ y con una pequeña joroba que él mismo definía como el efecto secundario de una vida entregada a la marihuana. Llegaba tan fumado que tenía que imprimirle los guiones con letra tamaño veinte y a doble espacio para que pudiera leer sin equivocarse. Fede era el que negociaba y hacía las veces de jefecito oportunista: simpático y ‘lame culos’ con quien le interesaba; callado y distante con quien no le traería ningún beneficio, y escurridizo y miedoso ante cualquiera capaz de poner en evidencia su mediocridad. Era una rata de cloaca de autopista, simpática y con un bigote incipiente.
Así pasaron siete meses y el programa terminó por alcanzar el número dos en el ranking de las mañanas. Sin previo aviso, varios anunciantes tocaron a la puerta y yo, que ganaba 300€ al mes, pedí un aumento de sueldo. Fede me dijo que no y luego me explicó amablemente que tendría que esperar a que el dinero de los anunciantes se hiciera efectivo. Tardaría todavía unos meses, pero sólo era cuestión de paciencia que yo me despertara un día cobrando un sueldazo.
No le creí, aunque al mismo tiempo traté de creerle. Se me hacía un nudo en el estómago de sólo imaginar que un día podría salir con el bolsillo lleno de dinero a comer pizza. Después de dos noches sin dormir, analicé la situación: primero, me estaban explotando; segundo, estaba harto de esta pareja de imbéciles que cada día destrozaba mis guiones; tercero, quería matarlos; cuarto, estaba jodido y lleno de deudas; quinto, mejor esperar.
ACTO 2
Unas semanas más tarde me cortaron el teléfono y el Internet.
Así que tomé el ordenador y me fui a escribir dentro de un estudio de grabación que había en el sótano de la radio. Pasadas siete horas sólo había escrito una frase: “Los últimos serán los primeros, como cuando nos bajamos de un ascensor.”
A las once de la noche me estaba quedando dormido cuando se abrió la puerta del estudio. Era Clara, la jefa de administración que se peinaba los largos cabellos oxigenados.
—El guardia me dijo que estabas aquí abajo. Yo acabo de terminar y estoy reventada... Venga, airéate un rato conmigo y vamos a tomar algo en el bar de al lado.
Clara me caía bien. Desde el día que había visto mi nómina me trataba como a un amigo tontito.
En el bar Clara pidió dos Gin Tonics. Brindamos, bebimos y por sacar conversación, le pregunté:
—¿Y tú que has estado haciendo en la radio hasta esta hora?
—Pues… La contabilidad… Sacando las cuentas de la cadena y encima, las cuentas de todos los locutores.
—Clara, perdona, pero… ¿Entonces tú sabes cuánto cobran Vinicio y Fede?
—Por supuesto, ¿quieres saberlo?
Bebí la copa de un trago, llamé el camarero y le dije:
—Otros dos Gin Tonics, por favor.
ACTO 3
Me desperté sin resaca.
Eran las seis y cuarto de la mañana. Verifiqué que tenía el móvil apagado y encendí la radio. Escuché los últimos acordes de una canción y luego apareció la sobre actuada voz de Vinicio:
—Acaban de escuchar ‘Don’t You Forget About Me’ del grupo Simple Minds. Silencio. 1, 2, 3 segundos…
—¡Qué buen tema! ¿Verdad que sí, Fede?
—Claro, claro… ¡Excelente tema!... ¿Y ahora qué vamos a oír Vinicio?
—Eeeeh…
Silencio. 1, 2, 3, 4, 5 segundos… El silencio en la radio es la muerte. 6, 7, 8, 9, 10, 11, 12, 13, 14, 15, 16 segundos de silencio… Pensé que sería divertido que saliera sangre de los altavoces y se desparramara por el suelo. Aunque, claro, me hubiese dado asco. Apagué la radio, volví a meterme en la cama y me arropé como si pudiera vivir toda la vida envuelto en aquella sensación de rabia y alegría bajo unas sábanas calientes.



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