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Papel mojado en Ginebra

Si mezclas alcohol, guerra y diplomacia el resultado puede ser un cóctel infame, de esos que el cuerpo no puede asimilar y acaban dejando un regusto a vómito la mañana siguiente.
Meter estos tres elementos en una imagen parece complicado. Pero puestos a fantasear, a ver qué os parece ésto: Un guardia de la embajada estadounidense en Kabul (Afganistán) bebiendo chupitos de vozca entre las nalgas de un compañero. O mejor, mucho mejor: Otro de estos mercenarios al servicio de la diplomacia, en plena ‘guerra contra el terror’, organizando una fiesta y orinando sobre un civil afgano.
Pues resulta que estas fotos, de tan poco gusto, son reales. Fueron tomadas en septiembre de 2009 y desataron un escándalo en Estados Unidos, obligando a decretar la ‘ley seca’ en esta embajada. Ni más vozca, ni ron, ni cerveza. Un castigo severo para estos guardias que, además de ser los últimos en llegar al reparto de cerebros, parece ser que nunca oyeron hablar de la Convención de Ginebra. Y mejor así, no vaya a ser que pensasen que les levantaban el castigo para ofrecerles un buen Gin Tonic.
Fue precisamente en la ciudad suiza de Ginebra, cuna de esta centenaria bebida y epicentro europeo de la vida diplomática, donde se advirtió de que ‘hasta la más cruel de las guerras tiene unos límites’. Ese fue el lema que sostuvieron desde sus inicios las diferentes Convenciones de Ginebra, impulsadas principalmente por el fundador de la Cruz Roja, el suizo Henri Dunant. Así, en 1864, se establecieron las normas mínimas que deberían respetarse en los conflictos, incidiendo sobre la atención de los soldados heridos y enfermos en las campañas militares. Años después, en la Segunda Convención, se amplió a los enfrentamientos navales.
Llegó entonces la I Guerra Mundial y evidenció el trato inhumano hacia los prisioneros de guerra, que finalmente serían amparados por la Tercera Convención de Ginebra de 1929 (con Dunant ya fallecido). Veinte años después, y estando aún reciente la muerte de 70 millones de personas en el mayor conflicto bélico de la historia, la II Guerra Mundial, fue el momento de reconstruir el mundo sobre unas bases sólidas. Surgen las Naciones Unidas, el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y la Cuarta y definitiva Convención de Ginebra (1949), que regula el trato digno a los civiles durante las guerras. Esta normativa, a la que se sumarían tres protocolos adicionales redactados años después, sería adoptada por 194 países. Un código universal. Un éxito diplomático enturbiado únicamente por un pequeño detalle: su total ineficacia.
Faltó digerir tanto acuerdo. Sellar el trato con un brindis. Pero hay quienes optan por romper la copa y lo que podría haber sido la salvaguarda del derecho humanitario internacional, acabó en papel mojado. 62 años después siguen chocando los Gin Tonics, ya sea contra las nalgas de un militar o entre relucientes vasos de cristal de Swarovski, sin embargo, no hay nada que celebrar. De Ginebra sólo quedó el nombre, y una horrible resaca que martillea las conciencias sensibles; y de la tónica, una burbuja a la que algunos recurren para aislarse de los problemas del resto del mundo.
La ciudad suiza lidera el ‘ranking’ de las zonas con mayor calidad de vida. Las 40.000 personas que conforman la comunidad internacional, entre ellos diplomáticos y funcionarios, se abonan a las conferencias y comidas de negocios. Y una vez que tienen la barriga llena, acostumbrados a atiborrarse, ya no beben para digerir sino para olvidar. Afganistán, Iraq, Guantánamo. Una copa. Georgia, Congo, Palestina. Otra copa. Y así hasta que ven doble. Entonces ya no hay reparos a la hora de promulgar la paz y consentir la guerra. Ni de fomentar los derechos humanos, haciendo la vista gorda ante los abusos.

La sede europea de de Naciones Unidas, situada en esta ciudad de beodos, es uno de los locales más concurridos. Allí todos quieren sacar tajada. Los 193 Estados miembros ocupan su silla cada Asamblea General para hablar de los Objetivos del Milenio, el Control de Armas o los Derechos Humanos. Es fácil sentirse importante en este ambiente entusiasta. Pero cuando deja de sonar la música, sólo quedan 15 plazas en el Consejo de Seguridad, donde se toman las verdaderas decisiones, y en este juego de la silla siempre ganan los mismos. En concreto, EEUU, China, Rusia, Reino Unido y Francia. Los cinco fantásticos que, haciendo uso de su derecho a veto, son capaces de echar por tierra todos esos temas menores antes mencionados, así como la mismísima Convención de Ginebra, cuando no encajan con sus intereses particulares.
Al estar embriagados de poder, después no les cuesta dormir. Es bien sabido que tras una borrachera se coge el sueño con facilidad. Además, si uno bebe Bombay Sapphire o Citadelle Reserve, en lugar de garrafón, la mañana siguiente es más llevadera y no hay lugar para los remordimientos. Por eso, cuando llega la noche y piden “lo de siempre” —ergo, otra Ginebra—, nos suena a broma de mal gusto. Porque, aunque sea la tónica general, es una mezcla tan desagradable que a cualquier persona sensata le entran ganas de vomitar.



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