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¿Hoy es ya mañana?

La silueta con la que se elevaba el humo, dando paso después a sinuosas y lentas formas no le resultaba suficientemente reconfortante. Aquel día buscaba algo más.
La vida en la ciudad le provocaba cierta ansiedad. Ver cómo los demás caminaban apresurados hacia nunca sabía dónde, hacía que por dentro sintiera que se estaba perdiendo algo. Cada día se sentía como si estuviese perdiendo las oportunidades que la televisión propagandística le esputaba en la cara. Aquella era una noche tranquila, serena. El frío amedrentaba los ánimos de las personas para pisar la calle, y los acurrucaba en guaridas como hormigas en sus hormigueros, todo muy bien clasificado, todo muy bien acondicionado.
Ella sabía que era de la misma calaña, pero se comparaba en silenciosa imaginación con las moscas: alas débiles y permeables, con ‘nosecuántos’ ojos con los que miraba todo con atención y en constante alerta, revoloteando entre mierda, vestida de negro, impecable. Cuando salía a la calle se semejaba a un topo, capaz de respirar con muy poco oxígeno, entre callejuelas subterráneas, respirando el mismo oxígeno gastado una y otra vez.
Le gustaba la sensación de aquella noche, en la que los demás se agazapaban como ella en un lugar tranquilo, alejado de la muchedumbre. Le gustaba sentir que debido al helor de las farolas, se comportaba igual que los demás y viceversa. Esta sensación la tenía también por las mañanas, no sabiendo muy bien si correspondía a un periodo de insomnio o a la paz que le ofrecía levantarse antes que el resto. Le gustaba pensar a esas horas como si conectase en vez de la radio, una grave y nítida voz en off. Una deliciosa voz en off, semejante —en cuanto a placentera— al momento en que la cabecera de una película en la sala de cine ocupa su momento de gloria, y marca el principio de todas las cosas que sucederán.
Pensó en tomar una copa. No una copa cualquiera, una buena copa. Sin embargo, se entretuvo mirando unos trozos de tela cortados, que le habían sobrado de arreglar algunas prendas de ropa —unas eran de ropa vieja, otras provenían de piezas que se le habían quedado grandes el otoño anterior. Pensó en hacer con esos retales unas fundas de cojín.
Se puso manos a la obra, y con el cigarrillo en la comisura de los labios, puso a ver las proporciones de los trozos de tela estampados. Empezó por extender todos los pedazos, después abrió una cerveza y dio un buen trago de los que queman, soltando unas lagrimillas que le espabilaron. Los retales de irregular proporción daban la oportunidad de realizar una funda para el cojín más grande que tenía. No obstante, no tendría posibilidad de corregir el zurzido en caso de que se equivocara por el camino. ‘A la primera o nunca,’ —se dijo a sí misma.
Cuando enhebró la aguja ya no quedaba cerveza en el vaso. Se sirvió una segunda cerveza y comenzó a realizar la labor, que a veces parecía un zurzido hecho con desgana y que a veces quedaba bastante logrado —dejadme aclarar que en cada puntada ponía el mismo esfuerzo, pero no siempre queda igual de logrado el esfuerzo de uno como ya sabemos todos. Sentía el silencio de manera acusada, decidió proyectar en la pared blanca de su estudio, una de esas películas en versión original, en las que el guión está tan logrado, que con simplemente escuchar las voces, permitía la perfecta comprensión del contenido, y además le permitía imaginar por su propia cuenta los escenarios, las caras e incluso prever el desenlace sin necesidad de esperar a que te lo cuenten, con lo que era como ver varias películas a la vez, sin perder el tiempo en mirar a la pantalla.
El hilo que compraba no era de buena calidad. Lo compraba en los chinos de la esquina de abajo, y siempre se le enredaba en un par de puntadas, lo que le desesperaba terriblemente, pues tenía una gran curiosidad por saber cómo quedaría el cojín finalmente. Puntada, puntada, enredo… consigo desenredarlo, puntada, puntada, nudo infernal. Tengo que cortar y volver a comenzar el proceso. Toda una labor de chinos. Se repetía constantemente que no volvería a comprar ese hilo tan malo. Pero una bobina puede durar mucho, especialmente las de colores exóticos, y se negaba a tirarlos sin más. ‘En esta casa todo se aprovecha’, —se dijo para adentro. Puntada, puntada, nudo de nuevo. Puntada, nudo, puntada, nudo. Corto, vuelvo a enhebrar y continuo cosiendo. Así durante toda la noche. Se le pasó sin casi inmutarse. Escuchó varios discos, un par de películas, para después quedarse en silencio, instante en el cual perdió realmente la noción de las horas y del incómodo sonido constante de algo desde cualquier lugar.
Cuando empezó a clarear el día siguiente, ella terminó, no uno sino tres cojines, con todos los trozos de tela que había acumulado en la caja de costura. El gato, estaba agotado de jugar con los restos de hilos y con las bobinas, y se había quedado dormido, sin siquiera recordar que no había comido a su hora habitual, cosa realmente extraña en un felino. En el momento en el que tomó consciencia de que la tarea había quedado finalizada, realmente sintió que tenía sed, hambre, pero no sueño. Había pasado una velada intensa entre costuras, sin esperar siquiera a hacer una pausa hasta el día siguiente. Pero el día siguiente llegó. Y como todavía no había gente por las aceras, ni coches echando humo sobre el pavimento, decidió quedarse sentada un ratito en el sofá.
A continuación se sirvió un Gin Tonic. No tenía prisas, era fin de semana, y no tenía quehaceres, y de todos modos, ¿quién se iba a enterar? Tampoco hacía nada malo con ello, y mientras se decidía interiormente, caminaba hacia la cocina, donde sirvió un espirituoso, que le estuvo mucho más rico que en cualquier otro momento. Sintió que la bebida que empezó a beber a sorbitos era como el día siguiente que llegaría. Un día fácil de digerir, con el toque amargo que tiene un domingo, con ese estado gaseoso, del que quiere y no puede que permanezcan o perduren ciertas cosas, transparentes las habitaciones y con un toque de sabor, decidido por aquel que compone el brebaje, y por absolutamente nadie más.




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