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La guarida
Nos gustan los entramados, no cabe duda. Si no fuese así, ¿por qué rayos íbamos a estar llegando al límite de los recurso naturales, físicos y psicológicos de la humanidad, incluyéndonos en esa madeja a nuestros propios límites personales?
Es un hecho que el ser humano no está diseñado para vivir una vida sencilla, lo demuestran las manadas de ineptos que viven entre billetes de colores que la mayoría de corazones nunca llegarán a ver, porque aquellos no quieren compartir. Nunca he visto a lo largo de mis treinta años tanto la palabra ERE como en este año en que vivimos. Puede que sea joven, puede que sea mayor, de un modo u otro, es la edad en que me doy cuenta de que por unas o por otras, las cosas siempre han sido iguales. He estado leyendo novelas de principios de siglo XX, en las que ya se quejaban de lo mismo que yo me hago eco en estas líneas. Y ya entonces se quejaban de que todo siempre ha sido igual. Nos gusta todo esto. Somos seres costumbristas, sucios, predadores, capaces de maltratar al sexo opuesto, quejicas, obsoletos y retrógrados. Repudiamos y etiquetamos a aquellos que pasan por la cárcel, cuando nosotros vivimos con las mismas reglas día a día. Todos sabemos que es así, todos además buscamos lo contrario, luchamos contra la naturaleza propia y ajena.
Aquellos señores acaudalados que por un error de la navegación o por el azar de los buscadores lean estas líneas, se sentirán arropados por la idea de que “somos naturaleza y no podemos luchar contra nuestros instintos.” Débiles y pobres mentales, les castigaría igual que se hacía en los años del medievo, si es que como animales entienden que han de vivir. El más pobre es el más solidario y posee la capacidad de razonar, por encima de la mera extornsión. Ellos pueden meditar sobre las diferencias que poseemos respecto a los animales. Como no puede ser de otra manera, el pobre no se enriquecerá. Porque el dinero es virtual, no se palpa, se traspasa. Del mismo modo que la energía simplemente pasa de un lado a otro, el pobre va caminando por donde le toca pisar. Y siente la tierra, siente las carencias, siente el dolor también. La angosta habitación es su guarida. La decora, la llena de comida, suspira, reparte los platos. Tiene patatas, cebollas, ajo, harina, huevos y arroz. Y no guarda ninguna diferencia con el resto de esquiroles sociales. Todos somos esquiroles. La diferencia entre los seres humanos es la codicia. Por lo demás todos somos igual. El esquirol puede estar agazapado, tratando de trabajar a cualquier precio, necesitando llenar su estómago, vendiéndose por poco dinero, enfrentado a sus compañeros esquiroles. El esquirol también puede ir alardeando, dando poco por mucho, haciendo enemigos a la ética y la practicidad.
Ambos venden sus almas al diablo, todos hemos sido designados peones en el tablero, pero unos se muestran con más envergadura que otros. Todos jugamos entretenidos en una partida que no tiene final, pues la codicia es la que reina en todos, y a este ser no se le puede matar. La codicia grita “Adelante, alégrame el día”, y todas las marionetas se ponen a girar, en el tablero del que o sales muerto, o te quedas sin danzar.
Siento que escribiendo puedo salir del tablón, con unas alas grandes, que no me permiten volar, pero sí puedo otear a la cuadrícula desde unos metros más allá. El arma de la escritura me la dio el sistema del que extraigo las migajas suculentas que le quedan. La escritura como evolución… ¿de qué? De la propia conciencia, ¡despierta y piensa! Piensa y plasma, avanza. Hay millones de armas que no rasgan y que marcan un terreno propio y lo que propone un amanecer con su luz es salir a nuestras calles, a buscarlas y a usarlas. No es más necio ni el que camina ni el que aguarda. Y con las reflexiones de los libros de casa decido terminar girando la espalda hacia el mundo y no contra él. Pues es mi mundo y no del resto, por donde caminan mis pies. No, es una palabra sabia; sí, es una palabra bárbara. Y por bárbaro que se comprenda lo que se quiera, que para eso están los matices, las plantas, las gargantas, las piedras y las alabanzas.
Adelante Tierra, adelante con tus rarezas, me divierto como un animal, razono como una persona, trabajo como esquirol, respeto como me propone el desconcierto, me regocijo como la niña que soy, crezco como la adulta que tengo adentro. Y me gustan las complicaciones, no me agacho, si acaso de vez en cuando me retuerzo. Luego me vuelvo a erguir, me sacudo los pantalones, luego me pongo un escote. ¡Y venga! Sigo con las pisadas, no hay descanso, no hay más retorcida esquirol, arrepentida, forzada, hundida, altiva y cautiva que yo. Me gusta lo que veo, me lo llevo, porque en la cabeza no pesa, me lo llevo, y sin pagar. Luego escucho a alguien en el metro, recopilo información, la trasformo en sabiduría propia, y en la carrera al caerme, alguien me ha vuelto a adelantar. Adelántame y dame problemas, voy detrás de ti esquirol altivo, voy detrás de ti y me vas a dar una alegría, ya lo verás, ya llegas… Ahí vas… Me lo voy a pasar de lo lindo cuando te alcance.
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LECTURA RECOMENDADA En ruta. Jack London. Marbot Ediciones. 2009
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