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Jarry, el maqueta
“Anda... ALÉGRAME EL DÍA”. El misterioso mensaje parpadeaba en la pantalla. Aquello era algo nuevo para Güeson. Nunca había reparado en la existencia de aquella opción, que titilaba en el monitor acaparando toda su atención después de haber pinchado en una página para abrirla. ¿Habría dado por fin el orgulloso maquetador su brazo a torcer?

Después de tanta lucha, al final, habría reconocido que él llevaba razón. ¡Qué manía tienen los maquetadores de complicarlo todo, con lo fácil que es! Sólo tenían que hacer lo que él les decía. Que para eso él era periodista y había estudiado y no ellos que eran... vamos... que no eran periodistas... ¿no?
“ALÉGRAME EL DÍA. ALÉGRAME EL DÍA”... La ventana seguía parpadeando en la pantalla. ¡Panda de freaks! ¿Así reconocían que estaban equivocados, con una parida propia de adolescentes? ¡Qué cruz tener que lidiar con ese personaje malencarado y molesto! Ese tipejo extraño que nunca le sonreía, que no reía sus ocurrencias ni sus gracietas. Ese mierdecilla que osaba replicarle todas y cada una de las páginas que él dibujaba, intentado confundirle con un batiburrillo de palabrejas sin sentido: que si orden, jerarquía, coherencia... ¡Que estás en un periódico, chaval! Y él escribía. Escribía. Y eso era lo importante, a él le leían y daba igual dos o cuatro columnas. “¿Tú crees que la gente se fija en eso, hombre? Vamos, no me jodas.”
Triunfal, Güeson pulsó el enlace.
Escuchó un leve chasquido. Lo que durante milésimas fue leve cosquilleo de repente se convirtió en una terrible sacudida. Calor. Fuego. Notó cómo le crujían los dientes al apretar la mandíbula. Sus manos se aferraron con violencia a la mesa y al ratón del ordenador que misteriosamente no podía soltar mientras sus ojos se abrieron tanto que pensó que le reventarían. Entre espasmos musculares comprendió lo que pasaba: había recibido una brutal descarga eléctrica en los testículos. ¡En los huevos, qué cabrones! Una lágrima, silenciosa, surcó su mejilla de norte a sur. No pudo articular ni un sólo sonido. Hubiera querido aullar como una bestia salvaje. Pero no tuvo huevos. Se los habían calcinado...
Esmiz era un personaje detestable. Y lo peor era que él no lo sabía. ¿O sí? No sólo no había aportado una idea interesante en 20 años de profesión, sino que además gustaba de presionar tirando de cargo, consciente de que, en tiempos de crisis, a la gente le cuesta sacar el orgullo hacia arriba. Escudado en su rango apretaba a los fotógrafos, a los grafiqueros, a los redactores de las demás secciones... Era un auténtico cerdo. Pero Esmiz disfrutaba especialmente cuando se acercaba por maquetación. Porque doblegar a un maqueta, obligarles a tragarse su anticuado código de cruzado medieval y forzarles a perpetrar las páginas que el quería era una auténtica hazaña bélica. Era la supremacia del “aquí mando yo” que tanto daño ha hecho al periodismo... y tanto bien a mucho menor suelto por ahí.
Esperó agazapado como una alimaña cobarde detrás de una columna a que se fuera el director de arte y de inmediato se dejó caer por la sección de diseño. Como por casualidad. “¿No está vuestro jefe?, vaya. Es que necesitaba algo... especial. Pero, vamos, que me lo podéis hacer vosotros, porque esto es para hoy.” Los tres maquetas se miraron entre sí. “¿Esto sale hoy publicado?” “No, pero lo cerramos hoy... Mira, he pensado que podíamos abrir con esta foto a diez columnas, muy cor-ta-di-ta... Así.”, dijo doblando la foto. Y luego me ajustas estos diez textitos... No se pueden cortar. Si tienes dudas, lo vemos...”. La mirada de Jarri, el maqueta, podría haberle atravesado. Esmiz, consciente de que el maquetador se contenía, empezó a apretar: “¿Qué? Si esto ya lo hemos hecho otras veces.”
—Que se haya hecho otras veces... no significa que estuviera bien. Ni antes, ni ahora —explotó Jarri a media voz.
—Uuuuuh, tú sigue el dibujito que te he hecho.... e intenta que quede lo más bonito que puedas, ¿vale?

Y con aquella repugnante sonrisa de roedor, se alejó por el pasillo con el culo apretado, dando como saltitos, hinchado el pecho como un pavo, pensando a quién más iba a maltratar camino de su sección. Por el pasillo se cruzó con su viejo amigo Güeson. Esmiz & Güeson.... Estaba cabizbajo y encorvado, andaba con algo de dificultad y las piernas demasiado abiertas, como si acabara de desmontar de un caballo. Se cruzaron y Esmiz levantó la cabeza en un gesto de complicidad que Güeson contestó con una mirada apagada e inexpresiva. Juraría que incluso le pareció adivinar unas lágrimas a punto de derramarse en sus ojos sin vida. “¿Qué coño le pasa a este triste?”, pensó. A lo lejos salió corriendo un fotero al que le tenía ganas y dejó de pensar en su amigo Güeson...
—El plugin.
—¿Cómo?
—Un plugin para Quark, coño —les intenta explicar el informático loco a los tres maquetadores en una pequeña habitación de los sótanos de la empresa con el techo atiborrado de tubos de aluminio que gotean sometiendo a una baldosa a la tortura china y despistando por turnos a Jarri, el maqueta, y a sus dos compañeros, no así al informático que con los ojos muy abiertos prosigue su discurso iluminado.
“Es muy fácil, incluso para vosotros. Cuando arranca el ordenador pulsáis alt, control, manzana y simultáneamente, es decir, a-la-vez, la letra erre en intervalos de cinco segundos, se pulsa, se suelta, se pulsa... y una vez restañeado el cachetón sólo tenéis que pinchar una vez en la página ejecutora, y otra en el plugin.” Los tres maquetas se miran entre sí.
—Cuando pinche en la ventanita emergente, una corriente eléctrica latente pasará desde el ratón a la mano del operario, impidiéndole desde ese instante que pueda soltarlo, para iniciar un recorrido por todo su cuerpo en apenas un nanosegundo a la búsqueda de partes blandas, en número par, esféricas y con una densidad muy determinada. Una vez que las encuentre, la corriente dejará de ser latente para descargar allí el equivalente a un mordisco rabioso, y calentito. Claro que la versión mejorada del plugin que os estoy pasando ahora, pretende ir un poco más allá...
—¿Y funcionará?
—La cuestión no es ésa. Ya ha funcionado, ¿no? La cuestión es si alguno de vosotros, tú mismo Jarri, se atreverá a hacerlo y activará mi plugin funnyday.eje.
—Será punto exe.
—No, eje, ejecutor journalisto.
“Anda... ALÉGRAME EL DÍA”. El misterioso cartel luminoso parpadea en la pantalla. Aquello es algo nuevo para Esmiz. Nunca había reparado en la existencia de aquella opción, que titila en el monitor acaparando toda su atención. ¿Habría dado por fin el maquetador su orgulloso brazo a torcer? Al marcharse de la sección de diseño se dio cuenta de que los tres maquetadores se miraban entre sí, en silencio.
“ALÉGRAME EL DÍA. ALÉGRAME EL DÍA”...
Triunfal, Esmiz pincha con el raton.
Funnyday.eje le agarró la mano desde el ratón haciéndole daño ya en los dedos, como el apretón de manos de un forzudo, y no tuvo tiempo ni siquiera de gritar porque la corriente recorrió todo su cuerpo en un nanosegundo, o alguno más, hasta llegar a las dos zonas blandas, esféricas y no muy grandes en este caso pero sí con la densidad adecuada para descargar en ellas la cantidad de energía suficiente como para convertir su asiento en una silla eléctrica. Los testículos fueron el primer foco de fuego, los ojos esta vez reventaron y de las cuencas salieron dos pequeñas llamaradas, su pelo la cabeza de una antorcha y luego un súbito fogonazo que iluminó la redacción. Como en una combustión espontánea, una sorda deflagración hizo que montañas de papeles salieran volando en círculos, rodeando una pira humana que apenas se movía. El olor a carne y pelo quemados se propagó por toda la planta... hasta que muy poco después se activó el dispositivo antiincendios para que de los rociadores del techo cayera una lluvia mágica, purificadora y refrescante, que se llevó las cenizas, todo el humo y provocó algo parecido a una sonrisa en un informático al ver que, por fin, las goteras del sótano habían desaparecido. Una lluvia que limpió la redacción.





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