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Héroes cotidianos
Eusebio se levantó, no sin esfuerzo, del taburete y antes de marcharse del todo, apuró de un único trago el resto de gin tonic que le quedaba, pausando en una mueca el momento de amargor. Como la vida misma, se dijo. Y entonces sí, se encaminó al encuentro de la vida.

Al salir, el sol le deslumbró y se tocó instintivamente la chapa acreditativa de vigilante de seguridad, y buscó en el bolsillo de al lado sus gafas de sol. Se las puso, y encendiendo un cigarrillo, se miró en el reflejo del cristal de la puerta mientras se disparaba ficticiamente con un chasquido de satisfacción. Se sintió seguro tras aquella pose estudiada. Las gafas de sol y el pitillo hacían el resto, por que, ¿quién si no podía colocarse unas Rayban Balorama 4089 y le quedasen como un guante? Aparte de Eastwood, claro. Solamente los más duros, los más auténticos, lo más genuinos. Un verdadero vaquero. Y es que, ahora que lo pensaba, ¿no serían las gafas de sol ( y el estilo para lucirlas, por descontado) un escudo invisible contra los tipos malos? Porque si reflexionamos un momento, nos daremos cuenta que proporcionan una seguridad y una personalidad arrebatadora: el hecho de que no se vean los ojos ocultos tras los cristales tintados, tanto si uno se las pone como si se las quita, el caso es ejecutarlo lentamente…y entonces es cuando al villano de turno, después de temblarle la mano como una gelatina, comienza a disparar a tontas y a locas. Y no da ni una.
Y eso que durante toda la película le hemos visto alardear de hacer blanco con una facilidad pasmosa, en el centro mismo de cualquier diana que le pusieran por delante, fuera un blanco móvil o estático. Pero es ponerse el chico bueno las gafas de sol y volverse invulnerable todo una. Y el otro que falla y vuelve a fallar, irremisiblemente, irremediablemente, a dos pasos de un elefante no le da, las balas rozan pero no tocan, se acercan pero son esquivadas, rebotan en los sitios más inverosímiles, es casi como la danza ritual de apareamiento de las aves, sí pero no, ya te pillaré ya…
¿Qué ha pasado? ¿ha perdido su puntería? Nooo, porque acto seguido le vemos disparando a un cable de 2 milímetros, el que sujeta la lámpara sobre la cabeza de su antagonista, y acierta a la primera, en el medio justo, y el otro la esquiva, por los pelos pero la esquiva. No hay más explicaciones posibles, han de ser las gafas de sol, se dice Eusebio mientras se encamina con paso cansino y renqueante (tras los dos gintonics de rigor en su descanso matutino, ignorando las miradas reprobadoras) hacia la puerta de acceso de la caja de ahorros, en donde lleva trabajando una eternidad, en la cual empezó a trabajar sediento de aventuras y en la que nunca ha pasado nada.
Pero hoy es diferente, y Eusebio se da cuenta de eso tal y como llega a la entidad. Pero lo hace un minuto tarde, y se encuentra frente a frente a su sueño de aventuras, su afán de protagonismo, su sentido a su vida, solo que con diecinueve años de retraso. Un chico, con una mano tiene agarrada a una mujer de mediana edad contra su cuerpo, y con la otra sujeta en alto una pistola, una pistola de verdad. El resto de clientes están en el suelo boca abajo con las manos en la nuca. Es casi un niño, y está gritando no para que le oigan mejor si no para infundir el miedo. Pero el miedo está exactamente a dos gintonics de distancia de Eusebio, que se baja lo suficiente las gafas para mirar por encima de ellas a los ojos al chico, y como si fuera el mismísimo Jefe Eastwood en persona, le suelta, en un tono plano:
- Venga chico, alégrame el día- mientras acerca sus torpes dedos a la funda de la pistola. Sus dedos nunca llegan a tocar la culata. Y hay un disparo que retumba igual que un trueno, y el olor a pólvora quemada invade el aire igual que una plaga bíblica.
Eusebio se oye a si mismo caer, pesado, una losa granítica, mil toneladas en canal y el rumor lejano de gritos de pánico. Luego, todo se queda negro.
Cuando de nuevo vuelve a aparecer el color blanco igual que se ha ido, también distingue destellos verdes y siente que le llevan en volandas a través de salas tan desinfectadas e iluminadas que le deslumbran. Y oye en susurros voces desconocidas y que murmuran algo sobre la suerte que ha tenido, que la bala sigue dentro pero que no ha perforado ningún órgano vital. Y Eusebio, en su sueño perfecto étereo y etílico, en su cuenta atrás anestésica, piensa, suerte sí, ja y ja. De suerte nada, muchachos, han sido mis gafas de sol. Mis gafas de la invulnerabilidad. Sin duda.




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