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Guggenheim-Bilbao
Bilbao.
10-III-2011. Jueves.
21:04 hora local. Exterior. Plano general. Los últimos vehículos abandonan la ciudad. Luna llena.
Cierre de cuadro. Nuevo parque de Abandoibarra. “Sombrados” al acecho. Una “Glock” de 9 milímetros enfundada bajo su brazo izquierdo.

21:08. Novedades. Movimiento en lo alto del Guggenheim. Plano medio. Una figura masculina conquista de pronto el centro del encuadre. Se ha detenido al término de la fachada amarilla. Doce ventanales y un abismo. Veinte metros de pura Nada. «¿Qué cojones pretende ese chiflado?», diría Frank con acento canadiense, «En este proyecto jamás se habló de gárgolas.»
21:09. Primer plano. Escorzo en la cumbre. Arquitectura. El Director contempla su amada “City”. Regeneración Urbanística. “Cool Design” sobre la mesa de dibujo de los más grandes. Progreso y Prosperidad. Máximas que se resumen en un único concepto: Titanio; como las buenas prótesis de cadera.
21:13. Parque. Un crujido de estática. Falsa alarma. “Sombra-dos” comienza a impacientarse. Podría abatirlo. Necesita órdenes.
21:14. De nuevo sobre la azotea. El Director contempla ahora las punteras de sus lustrosos zapatos. Vuelan por fuera del paramento. Juega a enfocar y desenfocar la mirada. Éxito o Fracaso. Basta con manipular el enfoque. Duda. Quiere saltar. Se pregunta qué será de su esposa y su único hijo. No piensa en las consecuencias que tendría para sí.
En ese momento, a su espalda, una cavernosa voz de fumador:
-¡Adelante, alégrame el día! Así evitaremos el coñazo del juicio.
Punto final a la opereta del suicidio. El presunto delincuente se da la vuelta despacio. Descubre a un tipo maduro, moreno, con pinta de inspector de hacienda aquejado de gastritis crónica. Es zurdo. Sujeta con mano izquierda un arma plateada. Pesada. Inmensa. Apunta al centro mismo de su corazón.
-Aún no he decidido nada, agente... ¿Ertzaina, quizás?
-Frío, frío, Director. Más bien “Madero”; Unidad de Delitos Monetarios. Brigada Provincial.
-Hombre, habría preferido a alguien de aquí. Ya sabe... los nacionalistas somos así.
-Me llamo Ander Barrutia. Inspector Jefe Barrutia. No me obligue a competir, Juan Ignacio, mis orígenes vascos se pierden en la noche de los tiempos. A lo mejor desea que hablemos en Euskera.
-“Touché”... No se moleste, Barrutia. Además, no lo hablo. Ya sabe... los nacionalistas modernos somos así... Una pregunta, ¿ha sido Solís, el imbécil de mi director financiero? Ayer me advirtió que cantaría.
-Frío de nuevo. El soplo proviene de Helmuth Uhde.
-¡Qué hijo de puta! Él era el primero en llevarse su comisión.
-Correcto. Pero Uhde es un marchante, mientras que tú... confío en que no te importe que nos tuteemos, ahora que tenemos cierta confianza...
-Adelante.
-Decía que tú, además de director de la sede de Bilbao, eres el responsable de adquirir nuevas piezas para la colección permanente de la Fundación Solomon R. Guggenheim. Me temo que entre tus atribuciones no figure la de exigir un suculento peaje por cada operación que cierras.
-Bueno, bueno... cualquier artista está dispuesto a dejarse algo por el camino con tal de formar parte de nuestro proyecto.
-Muy cierto. Aunque no es excusa. Disponemos de un largo listado con los detalles de tus actuaciones. Sabemos también lo de las trasferencias a Guernsey y Gran Caimán.
-¿Y qué hacemos?
-Supongo que depende de ti. Puedes escoger entre la “Express Way” del abismo o ganarte la oportunidad de rehacer tu vida de aquí a veinte años.
El Director se gira. Resbala. Baila una ridícula danza sobre el borde. Entonces desaparece para siempre. Breve lapso de hielo. Barrutia reacciona por fin. Recorre con paso ágil los pocos metros que le separan de conocer el final del episodio.
Imagina ya la típica silueta de tiza. Ese extraño ángulo que una de las piernas adopta siempre. Cuando por fin se asoma descubre... LA NADA. Repara entonces en un voladizo minimalista. En una ventana abierta.
-¡Maldito Gehry y su retorcida visión del volumen! Pataleta. Abundante reflujo biliar. Se lleva la mano derecha al bolsillo. La zurda sujeta aún su pistola. Posición de falo erecto. Debe alertar al resto del equipo. No le da tiempo. Su minúsculo terminal vibra. Indicativo “Sombra-dos” en pantalla.
-Lo tenemos, Jefe. “Sombra-uno” acaba de interceptar al objetivo junto a una de las salidas del lado sur.
«¡Bien hecho, “Sombra-uno”!», medita Ander Barrutia.
-Jefe, ¿está ahí?... ¿Me escucha? -Insiste “Sombra-dos”.
-Gracias por el aviso -responde “Líder”-. Informa al grupo: todos al garaje. Nos largamos.
21:24. Interior. En uno de los sótanos del museo. Dos vehículos. Un Renault monovolumen y un Citroën familiar. Indetectables. El Inspector Jefe abre la portezuela del Renault y se sienta junto al detenido. Esposas en las muñecas. Mientras le propina un par de afectuosas palmadas sobre el muslo, comenta:
-Bueno, bueno, Director, de alguna manera acabas de tomar la decisión.
21:25. Juan Ignacio puede imaginar su declive. Tendría que haberse lanzado al vacío. Pero además de corrupto es un cobarde. «¿Qué se siente durante la fracción de segundo que dura el impacto? ¿Y después? ¿O nos aguarda la negra Nada que se ve al cerrar los ojos?». Cuestiones del pasado que regresan a su mente.
21:29. Velocidad de crucero. “Sombra-dos” al volante. Bilbao desfila desierto ante a sus ojos. El Director se da la vuelta. Adiós proyecto de vida. Titanio. Cuánto ama esas formas caóticas y casi sin sentido. Ahora se da cuenta de ello. Demasiado tarde. «No Way Out», piensa. Por último, entre dientes, sentencia:
-¡Mierda! El resto de mi vida en manos de abogados..





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